Llegada a Phuket.
Volamos con Iberia a Londres, de ahí con la British a Bangkok y con la Thai a Phuket. Después de llevar doce horas de viaje, uno ya no está tan seguro de querer seguir y, cuando por fin llegas a Phuket y te duelen todos los huesos y los músculos del cuerpo (tras 22 horas de viaje), te preguntas si lo que vas a ver habrá merecido semejante paliza.
Llegamos a la base que Sunsail tiene en Phuket, una marina que es una laguna (Boat Lagoon) muy curiosa porque para salir a mar abierto hay que esperar a que suba la marea.
Llegamos a medianoche y, tras un baño en la piscina del hotel y una buena ducha, alquilamos un “tuc-tuc” (curioso artilugio con motor de dos tiempos donde sólo puedes ir sentado si agachas la cabeza) y nos fuimos a Patong-beach. La experiencia es alucinante, y más aún si el cansancio del viaje no te deja pensar con claridad. Patong-beach es un sitio lleno de gente que trabaja en pequeños puestos callejeros, haciendo comida y vendiendo todo tipo de cosas.
Según paseas, te van ofreciendo mesa en cada “restaurante”. Es una mezcla de olores y colores muy singulares: arroz, verduras, pato, pollo a la brasa, cangrejos de caparazón gris, pescados asados, curry, tamarindo, soja… nada que ver con nuestra cocina, pero parece bueno, así que nos sentamos a cenar. Después de la cena, y a pesar del agotamiento, un paseo por Patong es muy recomendable, pues el espectáculo merece la pena: la calle se llena de mujeres perfectamente maquilladas, con trajes de noche y cuerpos maravillosos. Ésta es, paradójicamente, la ciudad de las mujeres perfectas… y digo “paradójicamente” porque, en realidad, son hombres. Multitud de turistas se hacen fotos con las “chicas” (todas remuneradas). Se ven muchas “parejas mixtas”… en fin, un auténtico supermercado del sexo.
Nosotros volvemos al barco porque a la mañana siguiente hay que salir a navegar. La noche está estrellada y hace calor.
Primer intento de salir a navegar.
Son las seis de la mañana y llueve, aunque espero que salga el sol. A las nueve sigue lloviendo y así no apetece salir, de manera que nos vamos a dar una vuelta por la isla y aprovechamos para hacer la compra en el centro de Phuket.
Es una ciudad muy peculiar, con cientos de tiendas y mercados. Entramos en uno de los mercados donde venden comida; la gente trabaja hacinada en puestos minúsculos, hay mucha humedad, el olor es penetrante, cuesta imaginar cómo alguien puede trabajar en esas condiciones, pero ellos parecen contentos, son muy afables. Tampoco se entiende cómo pueden sentarse durante horas en cuclillas, pero parecen cómodos. Paramos a comer sopa de coco y tamarindo, arroz hervido, pato laqueado y cangrejo a la brasa. De vuelta a la base aún noto el cansancio del viaje, pues tengo los músculos entumecidos. Estamos convencidos de que lo mejor es darse un masaje tailandés. Y, realmente, después uno se siente mucho mejor. Ya en el barco, whisky Mekong, música… y mañana a navegar.
La aventura continuará la próxima semana…
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